¿Dónde estoy?
Sin honduras podría responder a eso con el nombre de una localidad, una calle, un número, e incluso un código postal. Esos datos objetivos podrían servir a un burócrata cualquiera, pero no a mí que me pregunto dónde estoy tan a menudo como adónde voy.
¿Quién soy?
Un ejemplar de homo sapiens del sexo femenino que, sin perseguir una utopía llamada felicidad, quiere encontrar su lugar en el mundo.
¿Qué espero?
¡Ahhhh! esa es la pregunta que cada día me hago y con cuya respuesta quiero dar.
Y después de estás elucubraciones cuento que en mi vida hay algún villano, ningún héroe, y que las hadas se olvidaron de tocarme con su varita mágica, con lo cual mi érase una vez posiblemente se parece a muchos otros.
Esto de escribir un blog es divertido porque no tengo que seguir estructura alguna. Así que, sin olvidar sujetar bien los muelles a mis pies, salto y…
Estoy arriba y miro mi vida. La veo grisecilla, la verdad, con tintes parduscos (sospechosamente marrones), algún tono casi negro, y… ¡ohhhh! un rojo que parece salir directamente de un corazón isquémico. ¿Qué me ha pasado? La respuesta, sincera y poco elegante, nos lleva a admitir que, en algún momento, la jodí y/o me jodieron. Pero el muro de los lamentos está en Jerusalém y yo estoy aquí, con una botella que no está medio llena sino rebosante de ganas de vivir.
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