COMPAÑEROS DE VIAJE

miércoles, 30 de enero de 2013

Pasar página

Pasar página… Esas palabras formaron parte de nuestra última conversación. Todo estaba mesurado y argumentado en nuestros cerebros. Las razones estaban claras, pero ¿desde cuándo a mi corazón le importaba la razón?

No lo busqué. No lo esperaba. Llegó arrasando con su sonrisa y sus promesas, y se marchó dejando la vida, que yo empezaba a reconstruir, nuevamente devastada.

¡Qué jodido es seguir enamorada cuando sabes que llegó el punto final! En un mundo que parece hecho de algodón de azúcar y canciones melosas tú estás fuera de lugar con tu tristeza, tus recuerdos, tu soledad… ¿Y qué haces? No tienes ganas de salir ni de hablar, excepto de él, pero durante unas semanas te apuntas a todo: cine, cenas, cafés, excursiones… Incluso vuelves al gimnasio porque si casualmente lo ves quieres  que te encuentre maravillosa.

Inevitablemente pasas al momento “un clavo saca a otro clavo”, lanzas tus señales de disponibilidad y llegan las citas. La peor es la primera. Miras al chico que tienes frente a ti y te pasas el rato comparando y recordando mientras los minutos se eternizan y te preguntas qué haces ahí. No repites y, justo es decirlo, el otro tampoco insiste, desalentado ante tu falta de interés. Tras varias citas desastrosas decides tirar la toalla y se abre paso la idea que te está machacando desde el adiós: “¿Y si no vuelvo a enamorarme?”. Por un lado, piensas “más tranquila estoy”, pero por otro visualizas una vida solitaria y te invade una tristeza inmensa  que te rodea como un campo de fuerza oscuro y frío.

Lo peor es que no puedes evitar imaginar que ÉL posiblemente ha encontrado a alguien y vuelve a reír, a abrazar y a… todo.

Sueñas con él mientras anhelas pasar página, pero sientes que de hacerlo te envenenarías como los monjes del Nombre de la Rosa y morirías en el intento.

Luego llega esa mañana en la que despiertas un poco mejor, una tarde te diviertes como antes, una noche te dejas abrazar… Y te descubres pasando la página donde figuraba su nombre.


Eva R

martes, 29 de enero de 2013

La vida no lleva photshop

Las series mienten.
Las películas mienten.
La vida no se molesta en disimular.

Tengo 34 años, a mis espaldas una convivencia de más de 3 años, y dos años de soledad, primero ansiada y ahora pesada como una losa. Cierto que el innombrable apareció en estos dos años, cierto que viví mi propia película, cierto que enamorarse hasta las trancas duele,  y cierto que intento olvidar.

Las series mienten.
La soltera treintañera encuentra un grupo de amigos que la confortan y apoyan en sus ratos más oscuros. ¡¡¡ MENTIRA !!! , a los treinta y pico la mayoría de tus amigos tienen pareja, hijos, y unos planes de futuro en los que tú, la single, solo entras con calzador.

En las series la soltera treintañera  busca un apartamento coqueto y el primer día un desconocido se cruza con ella en el portal y saltan chispas, además una simpática vecina en su misma situación la pone al día sobre los vecinos y comienza una gran amistad. ¡¡¡ MENTIRA !!!  En la vida real te puedes dar con un canto en los dientes si tienes un apartamento que puedes pagar y, teniendo en cuenta que aspiras a vivir pasiones sin freno, lo mejor que te puede ocurrir es que tus vecinos sean sordos y mudos; vamos que pasen de ti.


Las películas mienten.
Los guionistas saben que las mujeres de treinta y tantos van al cine con amigas entre semana, alquilan películas los sábados, y vomitan soledad los domingos por la tarde. Por eso las películas cuentan una milonga en la que la treintañera ingeniosa atrae al chico 10 y después de unos 90 minutos los dos vivirán un happy end azucarado, falso, y suspirado ad eternum por el publico femenino.


La vida no se molesta en disimular.
Como ya has comprado tu entrada y formas parte del público seguidor, la vida no escribe guiones almibarados, no ofrece finales felices, y si no te gusta te jodes, sin poder rellenar la hoja de reclamaciones. No hay más.

Veo series. Voy al cine. Vivo. Y, aunque hoy me han regalado flores, muerdo. Será porque el ramo procede de una florista compasiva a la que confesé que la hermosa maceta de hierbabuena que acaba de comprar pensaba emplearla en prepararme solitarios mojitos.

viernes, 25 de enero de 2013

Fines de semana en los páramos de Cutreland

Estamos a viernes. Hace un tiempo era mi día favorito (por la tarde). Viernes en mi cabeza era sinónimo de  libertad para no madrugar  durante dos días y  posibilidades de hacer algo distinto. La verdad era que luego madrugaba poco menos y que mis fines de semana eran absolutamente predecibles, pero supongo que yo era más conformista y/o estaba más apegada a lo que todos consideraban una vida normal.

Ahora viernes significa madrugar menos, pero también más tiempo para pensar y repensar y, retorcida como es una, me dedico a navegar por los mares de loquenotengo y loqueespero en vez de disfrutar placidamente en la bahía de loquehay.

No es que los fines de semana me aburra especialmente, incluso podría etiquetar algunos como interesantes. Lo que sucede es que la ansiada tranquilidad del fin de semana me deja tiempo para pensar en el estado actual de mi vida que, lamentablemente, oscila entre caótica o patética.

Los fines de semana caóticos son aquellos en los que salgo. Programados o no, son días llenos de actividad. Lo malo es que suelen ser lo que yo llamo actividades de relleno. Salir, quedar y moverse, no por apetencia sino por pasar el tiempo. Estos fines de semana han sido el marco temporal de algunas de mis peores citas que, por supuesto, ya relataré prolijamente.

Patéticos son aquellos fines de semana en los que zapineo como loca, en busca y captura de algo que pueda ver. Y lo tengo difícil porque parece que las cadenas de televisión compiten a ver cuál pone la película peor y, en caso de encontrar algo mínimamente entretenido, evito las historias de amor lo cual reduce mis opciones a una película de acción o policíaca ya que las de ciencia ficción tampoco me gustan.

Me estáis imaginado ¿verdad? En pijama o chándal, sofá con mantita, chocolates a mano, y cara de mala leche frente a la pantalla. Bueno… puntualizaré que no llevo pijama nada más que para dormir y que el chándal no figura entre mi ropa de andar por casa. Si cambiamos el vestuario y escondemos los chocolates (solo me faltaría engordar y deprimirme también por un michelín impertinente) ahí me tenéis, en modo maja vestida siglo XXI.

Viernes…
Sábado…
Domingo…
¡Y por supuesto no me gustan los lunes!

Eva R.

jueves, 24 de enero de 2013

Vamos a sincerarnos Eva

Hoy estoy haciendo la prueba de enmudecer el teléfono móvil.

No deja de ser curioso como este aparato, que los italianos llaman telefonino, se haya incrustado de tal forma en nuestra vida diaria. Antes, como decía, un anuncio de televisión, llamábamos a una casa, pero ahora llamamos a una persona. Esto que parece un salto cualitativo en la comunicación se convierte muchas veces en un asalto a la privacidad. ¿Quién no se ha visto interrumpido en comidas, cenas, o simples sobremesas caseras por el zumbido del telefonino (qué queréis me hace gracia el nombre macarroni).

En otras épocas, en otra vida, yo vivía un idilio con mi teléfono. Llegaban llamadas, sms, whasapt… En aquel tiempo solo me faltó poner como tono una canción en plan love is in the air. Hoy pondría no sé… Por suerte no cambio el tono que viene con el móvil que utilizo para todas las llamadas,  sin discriminar amigos, familia o trabajo.

Hace poco leí en un blog como una chica contaba que había llegado a guardar en un cajón el teléfono para poder aferrarse a la esperanza de una llamada perdida cuando lo buscase. ¿Será cosa de mujeres o todos los humanos somos así de tontos cuando nos invaden las emociones? Yo no miro el móvil buscando llamadas, ni vigilo conexiones en whasapt, pero abro el correo con la absurda ilusión de encontrar palabras que no van a llegar y que, de hacerlo, no servirían para otra cosa que volver a hacerme daño.

Puestos a soltar intimidades diré que no era el hombre más atractivo que he conocido, ni el más inteligente, ni el más divertido… Podría augurar que dentro de un tiempo su nombre ya no significará para mí otra cosa que una vivencia del pasado. Pero hoy apago el móvil porque sé que no va a llamar y entro, una y otra vez, al correo aún sabiendo que allí no habrá nada de él.

Sí, este es otro blog abierto por una mujer con mal de amores. No pretendo ser distinta, solo salir de esta situación, y aprender a ser más realista, más sensata, más distante, aunque no sé cómo sin dejar de ser yo.

Eva R.

Presentación

¿Dónde estoy?
Sin honduras podría responder a eso con el nombre de una localidad, una calle, un número,  e incluso un código postal. Esos datos objetivos podrían servir a un burócrata cualquiera, pero no a mí que me pregunto dónde estoy tan a menudo como adónde voy.

¿Quién soy?
Un ejemplar de homo sapiens del sexo femenino que, sin perseguir una utopía llamada felicidad, quiere encontrar su lugar en el mundo.

¿Qué espero?
¡Ahhhh! esa es la pregunta que cada día me hago y con cuya respuesta quiero dar.


Y después de estás elucubraciones cuento que en mi vida hay algún villano, ningún héroe, y que las hadas se olvidaron de tocarme con su varita mágica, con lo cual mi érase una vez posiblemente se parece a muchos otros.

Esto de escribir un blog es divertido porque no tengo que seguir estructura alguna. Así que, sin olvidar sujetar bien los muelles a mis pies, salto y…

Estoy arriba y miro mi vida. La veo grisecilla, la verdad, con tintes parduscos (sospechosamente marrones), algún tono casi negro, y… ¡ohhhh! un rojo que parece salir directamente de un corazón isquémico. ¿Qué me ha pasado? La respuesta, sincera y poco elegante, nos lleva a admitir que,  en algún momento, la jodí y/o me jodieron. Pero el muro de los lamentos está en Jerusalém y yo estoy aquí, con una botella que no está medio llena sino rebosante de ganas de vivir.


Eva R.



Introducción

Leyendo blogs por la red he comprobado que muchos de ellos presentan un rasgo en común: sus autores explican el porqué se han decidido a llenar el espacio virtual con sus reflexiones.

Dicen que allí donde fueres haz lo que vieres… Ahí va mi enumeración de motivos para abrir Muelles en los Pies:

1.-Me gusta escribir.
2.-Quiero contar cosas desde un confortable anonimato (vamos que ni dios va a saber quién escribe aquí).
3.-Atravieso un mal momento y este será el rincón donde llorar a moco tendido, sin pudores, cuando el cuerpo y el alma me lo pidan.
4.-Pensé escribir una especie de dietario para ver qué hago y qué dejo de hacer, pero confío en que sea más divertido verter “mis hazañas” en un blog.
5.-¿Sirve como argumento el porque sí?


Eva R.