COMPAÑEROS DE VIAJE

jueves, 28 de febrero de 2013

Décalogo

Diez consejos para mujeres que nadie me ha pedido:


1- Desconfía de los hombres que usan parches para la alopecia,  lociones varias, y cada mañana miran con temor los pelos que mueren en el peine.

2 -Desconfía de los hombres que alardean de su potencia y juventud. Lo que se posee no hace falta airearlo, si existe se nota.

3 -Desconfía de los hombres que te hablan de sus triunfos profesionales, de sus viajes al filo de lo imposible sin salir del circuito turístico, y de cuánto los quiere el mundo.

4- Desconfía de los hombres que para significarse necesitan atributos externos en plan hortera (cadenas al cuello, relojes aparatosos, ropa de marca aunque sea pirateada...), o de status (coches de lujo, motos, deportes pijos...).

5- Desconfía de los hombres que no toman helados, que cuentan las calorías, y que nunca se ríen de sí mimos.

6- Desconfía de los hombres que te llamen preciosa, primor, princesa, cari... sin apenás conocerte (mi lado  sobrio activa alarmas ante quién tan fácilmente se endulza).

7- Desconfía del hombre sin amigos. Solitario no es sinónimo de independiente.

8- Desconfía del hombre que usa zapatos con alzas. Quién no se acepta a sí mismo habita permanentemente en el país del descontento  y allí tú no quieres estar.

9- Desconfía del hombre que invade tu espacio y quiere colonizar tu mundo por más ventajas que creas que ofrece el suyo.

10- Y, por principio, desconfía de intuiciones nacidas de la necesidad de creer que son ciertas.

Eva R.






 

viernes, 22 de febrero de 2013

Citas con hombres inadecuados. Javier.

Mis posibilidades de futuro con Javier cantaban un aria sin voz desde nuestra primera cita. La famosa frase de “un clavo saca a otro clavo” es una gran mentira. No existe el bricolage emocional. ¿Puede entrar alguien en un corazón y una mente ya ocupados?

Cada mañana nos encontrábamos en la misma cafetería, dispuestos a despejarnos ante el primer (en mi caso segundo) café del día. Alguna vez habíamos intercambiado un saludo de paso y teníamos conocidos comunes. No sé si él se había fijado anteriormente en mí, porque yo no lo había hecho. Para nada era el tipo de hombre que solía atraerme. Cuarenta y pocos, divorciado, dos hijos… eran datos sin más. Lo que suponía una barrera entre nosotros era su voz y lo que decía. ¿Habéis escuchado hablar al ministro Montoro? ¿Os lo imagináis recitando un poema? Haced ahora la prueba entre él y Dani Mateo. Este último puede leer un párrafo del Código Penal que, en vuestros oídos, sonará a música celestial. Pues bien,  Javier era tan chispeante como un decreto ley en boca de Cristobal Montoro.

De no haber estado tocada y hundida tras la ruptura con el Innombrable, jamás habría aceptado una cita con este hombre, pero estaba tocada, hundida y me sentía más zombie que persona. Quedamos pues.

Fue una de las comidas más aburridas de mi vida. No teníamos nada en común. Me miraba, lo miraba, hablaba, yo oía (no sé si podría decir escuchaba)… Lo curioso es que al despedirnos él tenía la sensación de una buena cita a repetir y yo la de “¡qué ganas tengo de ir a mi casa y librarme de este tío!”

Tengo una teoría respecto a las primeras citas. Si eres hombre y la chica no te gusta, no habrá segunda cita. Lo tienes claro y ni por cortesía ni demás zarandajas estás dispuesto a repetir. Si eres mujer es bastante probable que repitas cita aunque el individuo te atraiga menos que el payaso de McDonald’s. ¿Por qué lo hacemos? Debemos tener un programa del tipo  ¿está seguro de querer borrar? que se activa siempre, y además si estamos dudando llega la típica amiga que dice: “No te cierres. Dale otra oportunidad”.

Sí, amigos, acepté una nueva cita. En mi descargo diré que dudé e incluso aplacé nuestro segundo encuentro, pero lo cierto es que una tarde de noviembre quedamos a tomar un café, que resultó tan largo como poco estimulante.

Pero ¿sabéis lo peor? Aunque en todo momento había sido él quién buscaba mi compañía, después de nuestra segunda cita, cuando yo preparaba mi negativa para una tercera, fue él quién comenzó a esquivarme, a saludarme de pasada, a evitarme en una palabra. UNO DE LOS HOMBRES MÁS SIMPLES DEL PLANETA TIERRA NO ME  CONSIDERABA DIGNA DE SU INTERÉS.

Javier no me gustaba y no pensaba volver a salir con él, pero venga de quién venga es cierto que “te dejo” es “jódete” al revés.


Eva R.




jueves, 21 de febrero de 2013

Citas con hombres inadecuados. Manuel.

Lo conocí a finales de verano. En un primer momento –creedme hay que fijarse de las primeras impresiones- no me gustó. Me importaba poco que no tuviese un gran físico –hombres  poco agraciados me han atraído y mucho-; lo que me tiraba para atrás era una soberbia que mal cubría un montón de inseguridades, y de esas ya voy yo bien servida.

En teoría Manuel era un buen partido: un magnífico trabajo, culto, educado, dispuesto a comprometerse en una relación… Aquí el problema, evidentemente, era yo que por más que lo intentaba no podía verlo como pareja. Es verdad que cuando lo conocí El Innombrable estaba en mi vida y la llenaba por completo. En aquellos momentos Manuel fue solo la cara de alguien que te presentan y que te presta una atención que no deseas.

La tierra da vueltas y la vida también. Un par de meses después, cuando yo agonizaba de amor en la más oscura soledad, apareció de nuevo aquel hombre tan adecuado aparentemente. ¿Sabéis algo? Lo que dicen los manuales sobre el hecho de que los hombres se vuelcan en las mujeres que no les hacen caso es verdad. Estoy convencidísima que, de haberme interesado Manuel, no habría iniciado la etapa de conquista destinada a lograr un trofeo: yo.

Mentiría si no admitiese que, y más en esos momentos de bajón, me halagaban sus atenciones. Cuando le pregunté por qué  aquel interés en mí respondió: “He aprendido a distinguir lo bueno de lo mediocre”. Soy humana, estaba hundida… acepté comer con él.

Si os interesa al biología, la física, James Joyce, la filosofía… podéis consultar wikipedia o quedar con Manuel. El chico lo sabía todo de todo e incluso parecía romántico buscando mis ojos y soltando frases que el sentimiento que me provocaban era la infinita tristeza de la indiferencia y un sublime aburrimiento.

Después de aquel día decidí que lo mejor era no volver a verlo y rechacé varias de sus insinuaciones para salir. Yo puedo ser miope, pero mi corazón veía perfectamente que aquel hombre no era para mí.

Llegó la terrible y angustiosa Navidad. Si la del año anterior, con una pareja rompiéndose, había sido dura ésta era amarga, sazonada además por el recuerdo hiriente del Innombrable. Y en nochebuena llegaron los mensajes de Manuel. Yo me sentía como la fosforera del cuento, helada en la calle contemplando el calor de hogares ajenos. Las palabras de Manuel eran la llamita de los fósforos que caldeaban un momento. ¿Imaginé que podría ser? Sinceramente creo que no, pero traté de hacerlo. Y acepté una segunda cita.

Vino a esperarme al trabajo. Sonreía, traía flores e ilusión. Yo… caminaba a su lado, sonreía en el restaurante, agradecía sus atenciones, pero…

No hubo tercera cita. La anulé. Expuse con la mayor sinceridad mis argumentos que básicamente se reducían esto: estaba enamorada de otro (eso lo maticé intentando no ser cruel).

Por suerte Manuel pareció entenderlo y nos dijimos adiós. Durante un par de semanas no hubo comunicación entre nosotros, luego llegó un washap suyo. Decidme tonta, pero soy incapaz de cometer la descortesía de no responder. Y así estuvimos durante dos o tres días hasta que él volvió a proponer una cita. Mi “no” llegó sin titubeos, y lo aceptó con un “lo entiendo”. Para mí estaba zanjado, pero hoy, de madrugada, recibo los siguientes mensajes de washap:

1’56 horas. Ley de Baldridge: Si supieramos en lo que nos estamos metiendo, nunca nos meteriamos en nada.

2’03 horas. Máxima de Manly: La lógica es un método sistemático para llegar a la conclusión errónea con convicción.

Abrí los ojos. Leí y apagué la luz. No voy a responder. Yo, Eva, tengo mis propias leyes, máximas y convencimientos.



Eva R





jueves, 7 de febrero de 2013

Corazón sin razón

Me he puesto una fecha. El día de su cumpleaños. Faltan dos meses y algún día, pero no me olvidaré.

Ese día lo llamaré, o le enviaré un whasapt, o un correo… Seré cortés, pero distante, le recordaré que envejece, le desearé un buen día sin más y sin mí. Callaré todas  las preguntas que, por dignidad,  no haré. Mi objetivo será, exclusivamente,  comprobar que aún no ha sido victima del infarto que lo amenaza con su dieta de cafeína, su tabaquismo y su perenne insomnio.

¿Os preguntaréis por qué quiero saber de él? ¿Qué sentido tiene? Ninguno, pero si me vuelvo zombie lo buscaré, me comeré su corazón y yo procuro no ingerir alimentos en mal estado.

Eva R.