Con el paso del tiempo no me he vuelto más sabia ni racional en materia de hombres, por suerte o desgracia sigo teniendo un corazón adolescente que aún cree en el amor. Lo que sí he aprendido es a tener en cuenta una vocecita interior que, algunas veces, se deja oír diciendo: “Eva no sigas por ese camino que no lleva a ninguna parte.” Desde mi primer encuentro con Antonio la voz se escuchó clara y potente: “Este hombre no es tu tipo ni en un 1%.”
Mi Pepito Grillo particular llevaba razón. Antonio, el informático que aseguraba el buen funcionamiento de nuestros terminales, era garantía de caos emocional si le dejaba entrar en mi vida. Dos mujeres, dos hijos, uno con cada una de ellas, y una fijación con la última eran suficientes señales de alarma para cualquier chica.
Una charla de más de dos horas a última hora de la tarde de un jueves me convenció de ello. Aquel chico, bastante callado habitualmente, hablaba de su última ex con esa rabia que delata a los que no han pasado página. Esgrimía su postura de no ceder en temas tan importantes como los hijos, convencido de llevar razón en todos sus planteamientos, e incluso aireó asuntos económicos que a mí, evidentemente, me importaban un pimiento.
Al despedirnos tuve muy clara mi respuesta a su pregunta sobre qué iba a hacer el fin de semana. Aunque mis planes eran un conjunto vacío, al abracadabrá de “ni loca quedo con este tío”, los transformé en un cumpleaños, una comida familiar y mucho mucho lío.
Si creyese en los cuentos estaría preocupada por si mi nariz comenzaba a crecer en plan pinocho, pues le mentí descaradamente diciendo “Hasta pronto” y pensando “hasta nunca”.
Eva R.

