COMPAÑEROS DE VIAJE

martes, 12 de marzo de 2013

Citas con hombres inadecuados. Antonio.

Con el paso del tiempo no me he vuelto más sabia ni racional en materia de hombres, por suerte o desgracia sigo teniendo un corazón adolescente que aún cree en el amor. Lo que sí he aprendido es a tener en cuenta una vocecita interior que, algunas veces, se deja oír diciendo: “Eva no sigas por ese camino que no lleva a ninguna parte.” Desde mi primer encuentro con Antonio la voz se escuchó clara y potente: “Este hombre no es tu tipo ni en un 1%.”


Mi Pepito Grillo particular llevaba razón. Antonio, el informático que aseguraba el buen funcionamiento de nuestros terminales, era garantía de caos emocional si le dejaba entrar en mi vida. Dos mujeres, dos hijos, uno con cada una de ellas, y una fijación con la última eran suficientes señales de alarma para cualquier chica.

Una charla de más de dos horas a última hora de la tarde de un jueves me convenció de ello. Aquel chico, bastante callado habitualmente, hablaba de su última ex con esa rabia que delata a los que no han pasado página. Esgrimía su postura de no ceder en temas tan importantes como los hijos, convencido de llevar razón en todos sus planteamientos, e incluso aireó asuntos económicos que a mí, evidentemente, me importaban un pimiento.


Al despedirnos tuve muy clara mi respuesta a su pregunta sobre qué iba a hacer el fin de semana. Aunque mis planes eran un conjunto vacío, al abracadabrá de “ni loca quedo con este tío”,  los transformé en un cumpleaños, una comida familiar y mucho mucho lío.


Si creyese en los cuentos estaría preocupada por si mi nariz comenzaba a  crecer en plan pinocho, pues le mentí descaradamente diciendo “Hasta pronto” y pensando “hasta nunca”.


Eva R.




lunes, 4 de marzo de 2013

El destino se llama Ramón.

Últimamente he dicho a mis amistades que si por algo me gustaría vivir en los USA es porque allí todos los amigos, vecinos y conocidos ante una mujer en mis circunstancias (libre cual viento) le estarían buscando posibles parejas e incluso citas a ciegas. Paradójicamente, en este país de cotillas soy yo quién tiene que buscarse las habichuelas amorosas.

Mi palabras no han caído en el vacío ya que acabo de recibir el siguiente whasap de mi amigo Ramón:

R: Tengo un amigo para ti.
Ya te cuento.
Es abogado.

Yo: Q bien

R: Pero solterón empedernido.

Yo: No quiero casarme.
Solo un noviete jajaja.

R: Es hermano de la directora de V

Yo: ¿Es deportista?

R: No, físicamente no es gran cosa. No te va a gustar.

Yo: Eso no es prioritario para mí. Es educado?

R: Si muxo.

Yo: Perfecto. Háblale de mí, a ver si le intereso.

R: Viene de la alta sociedad.

Yo: Mmmm y yo plebeya total.


¿Creéis que conoceré al abogado poco agraciado pero con mundo interior? De ser así ¿le gustaré? Y si le gusto ¿me gustará él? Espero poder decir eso de “pronto lo sabremos”.

Ramón amigo mío, ahora tú eres mi destino-celestino.




jueves, 28 de febrero de 2013

Décalogo

Diez consejos para mujeres que nadie me ha pedido:


1- Desconfía de los hombres que usan parches para la alopecia,  lociones varias, y cada mañana miran con temor los pelos que mueren en el peine.

2 -Desconfía de los hombres que alardean de su potencia y juventud. Lo que se posee no hace falta airearlo, si existe se nota.

3 -Desconfía de los hombres que te hablan de sus triunfos profesionales, de sus viajes al filo de lo imposible sin salir del circuito turístico, y de cuánto los quiere el mundo.

4- Desconfía de los hombres que para significarse necesitan atributos externos en plan hortera (cadenas al cuello, relojes aparatosos, ropa de marca aunque sea pirateada...), o de status (coches de lujo, motos, deportes pijos...).

5- Desconfía de los hombres que no toman helados, que cuentan las calorías, y que nunca se ríen de sí mimos.

6- Desconfía de los hombres que te llamen preciosa, primor, princesa, cari... sin apenás conocerte (mi lado  sobrio activa alarmas ante quién tan fácilmente se endulza).

7- Desconfía del hombre sin amigos. Solitario no es sinónimo de independiente.

8- Desconfía del hombre que usa zapatos con alzas. Quién no se acepta a sí mismo habita permanentemente en el país del descontento  y allí tú no quieres estar.

9- Desconfía del hombre que invade tu espacio y quiere colonizar tu mundo por más ventajas que creas que ofrece el suyo.

10- Y, por principio, desconfía de intuiciones nacidas de la necesidad de creer que son ciertas.

Eva R.






 

viernes, 22 de febrero de 2013

Citas con hombres inadecuados. Javier.

Mis posibilidades de futuro con Javier cantaban un aria sin voz desde nuestra primera cita. La famosa frase de “un clavo saca a otro clavo” es una gran mentira. No existe el bricolage emocional. ¿Puede entrar alguien en un corazón y una mente ya ocupados?

Cada mañana nos encontrábamos en la misma cafetería, dispuestos a despejarnos ante el primer (en mi caso segundo) café del día. Alguna vez habíamos intercambiado un saludo de paso y teníamos conocidos comunes. No sé si él se había fijado anteriormente en mí, porque yo no lo había hecho. Para nada era el tipo de hombre que solía atraerme. Cuarenta y pocos, divorciado, dos hijos… eran datos sin más. Lo que suponía una barrera entre nosotros era su voz y lo que decía. ¿Habéis escuchado hablar al ministro Montoro? ¿Os lo imagináis recitando un poema? Haced ahora la prueba entre él y Dani Mateo. Este último puede leer un párrafo del Código Penal que, en vuestros oídos, sonará a música celestial. Pues bien,  Javier era tan chispeante como un decreto ley en boca de Cristobal Montoro.

De no haber estado tocada y hundida tras la ruptura con el Innombrable, jamás habría aceptado una cita con este hombre, pero estaba tocada, hundida y me sentía más zombie que persona. Quedamos pues.

Fue una de las comidas más aburridas de mi vida. No teníamos nada en común. Me miraba, lo miraba, hablaba, yo oía (no sé si podría decir escuchaba)… Lo curioso es que al despedirnos él tenía la sensación de una buena cita a repetir y yo la de “¡qué ganas tengo de ir a mi casa y librarme de este tío!”

Tengo una teoría respecto a las primeras citas. Si eres hombre y la chica no te gusta, no habrá segunda cita. Lo tienes claro y ni por cortesía ni demás zarandajas estás dispuesto a repetir. Si eres mujer es bastante probable que repitas cita aunque el individuo te atraiga menos que el payaso de McDonald’s. ¿Por qué lo hacemos? Debemos tener un programa del tipo  ¿está seguro de querer borrar? que se activa siempre, y además si estamos dudando llega la típica amiga que dice: “No te cierres. Dale otra oportunidad”.

Sí, amigos, acepté una nueva cita. En mi descargo diré que dudé e incluso aplacé nuestro segundo encuentro, pero lo cierto es que una tarde de noviembre quedamos a tomar un café, que resultó tan largo como poco estimulante.

Pero ¿sabéis lo peor? Aunque en todo momento había sido él quién buscaba mi compañía, después de nuestra segunda cita, cuando yo preparaba mi negativa para una tercera, fue él quién comenzó a esquivarme, a saludarme de pasada, a evitarme en una palabra. UNO DE LOS HOMBRES MÁS SIMPLES DEL PLANETA TIERRA NO ME  CONSIDERABA DIGNA DE SU INTERÉS.

Javier no me gustaba y no pensaba volver a salir con él, pero venga de quién venga es cierto que “te dejo” es “jódete” al revés.


Eva R.




jueves, 21 de febrero de 2013

Citas con hombres inadecuados. Manuel.

Lo conocí a finales de verano. En un primer momento –creedme hay que fijarse de las primeras impresiones- no me gustó. Me importaba poco que no tuviese un gran físico –hombres  poco agraciados me han atraído y mucho-; lo que me tiraba para atrás era una soberbia que mal cubría un montón de inseguridades, y de esas ya voy yo bien servida.

En teoría Manuel era un buen partido: un magnífico trabajo, culto, educado, dispuesto a comprometerse en una relación… Aquí el problema, evidentemente, era yo que por más que lo intentaba no podía verlo como pareja. Es verdad que cuando lo conocí El Innombrable estaba en mi vida y la llenaba por completo. En aquellos momentos Manuel fue solo la cara de alguien que te presentan y que te presta una atención que no deseas.

La tierra da vueltas y la vida también. Un par de meses después, cuando yo agonizaba de amor en la más oscura soledad, apareció de nuevo aquel hombre tan adecuado aparentemente. ¿Sabéis algo? Lo que dicen los manuales sobre el hecho de que los hombres se vuelcan en las mujeres que no les hacen caso es verdad. Estoy convencidísima que, de haberme interesado Manuel, no habría iniciado la etapa de conquista destinada a lograr un trofeo: yo.

Mentiría si no admitiese que, y más en esos momentos de bajón, me halagaban sus atenciones. Cuando le pregunté por qué  aquel interés en mí respondió: “He aprendido a distinguir lo bueno de lo mediocre”. Soy humana, estaba hundida… acepté comer con él.

Si os interesa al biología, la física, James Joyce, la filosofía… podéis consultar wikipedia o quedar con Manuel. El chico lo sabía todo de todo e incluso parecía romántico buscando mis ojos y soltando frases que el sentimiento que me provocaban era la infinita tristeza de la indiferencia y un sublime aburrimiento.

Después de aquel día decidí que lo mejor era no volver a verlo y rechacé varias de sus insinuaciones para salir. Yo puedo ser miope, pero mi corazón veía perfectamente que aquel hombre no era para mí.

Llegó la terrible y angustiosa Navidad. Si la del año anterior, con una pareja rompiéndose, había sido dura ésta era amarga, sazonada además por el recuerdo hiriente del Innombrable. Y en nochebuena llegaron los mensajes de Manuel. Yo me sentía como la fosforera del cuento, helada en la calle contemplando el calor de hogares ajenos. Las palabras de Manuel eran la llamita de los fósforos que caldeaban un momento. ¿Imaginé que podría ser? Sinceramente creo que no, pero traté de hacerlo. Y acepté una segunda cita.

Vino a esperarme al trabajo. Sonreía, traía flores e ilusión. Yo… caminaba a su lado, sonreía en el restaurante, agradecía sus atenciones, pero…

No hubo tercera cita. La anulé. Expuse con la mayor sinceridad mis argumentos que básicamente se reducían esto: estaba enamorada de otro (eso lo maticé intentando no ser cruel).

Por suerte Manuel pareció entenderlo y nos dijimos adiós. Durante un par de semanas no hubo comunicación entre nosotros, luego llegó un washap suyo. Decidme tonta, pero soy incapaz de cometer la descortesía de no responder. Y así estuvimos durante dos o tres días hasta que él volvió a proponer una cita. Mi “no” llegó sin titubeos, y lo aceptó con un “lo entiendo”. Para mí estaba zanjado, pero hoy, de madrugada, recibo los siguientes mensajes de washap:

1’56 horas. Ley de Baldridge: Si supieramos en lo que nos estamos metiendo, nunca nos meteriamos en nada.

2’03 horas. Máxima de Manly: La lógica es un método sistemático para llegar a la conclusión errónea con convicción.

Abrí los ojos. Leí y apagué la luz. No voy a responder. Yo, Eva, tengo mis propias leyes, máximas y convencimientos.



Eva R





jueves, 7 de febrero de 2013

Corazón sin razón

Me he puesto una fecha. El día de su cumpleaños. Faltan dos meses y algún día, pero no me olvidaré.

Ese día lo llamaré, o le enviaré un whasapt, o un correo… Seré cortés, pero distante, le recordaré que envejece, le desearé un buen día sin más y sin mí. Callaré todas  las preguntas que, por dignidad,  no haré. Mi objetivo será, exclusivamente,  comprobar que aún no ha sido victima del infarto que lo amenaza con su dieta de cafeína, su tabaquismo y su perenne insomnio.

¿Os preguntaréis por qué quiero saber de él? ¿Qué sentido tiene? Ninguno, pero si me vuelvo zombie lo buscaré, me comeré su corazón y yo procuro no ingerir alimentos en mal estado.

Eva R.

miércoles, 30 de enero de 2013

Pasar página

Pasar página… Esas palabras formaron parte de nuestra última conversación. Todo estaba mesurado y argumentado en nuestros cerebros. Las razones estaban claras, pero ¿desde cuándo a mi corazón le importaba la razón?

No lo busqué. No lo esperaba. Llegó arrasando con su sonrisa y sus promesas, y se marchó dejando la vida, que yo empezaba a reconstruir, nuevamente devastada.

¡Qué jodido es seguir enamorada cuando sabes que llegó el punto final! En un mundo que parece hecho de algodón de azúcar y canciones melosas tú estás fuera de lugar con tu tristeza, tus recuerdos, tu soledad… ¿Y qué haces? No tienes ganas de salir ni de hablar, excepto de él, pero durante unas semanas te apuntas a todo: cine, cenas, cafés, excursiones… Incluso vuelves al gimnasio porque si casualmente lo ves quieres  que te encuentre maravillosa.

Inevitablemente pasas al momento “un clavo saca a otro clavo”, lanzas tus señales de disponibilidad y llegan las citas. La peor es la primera. Miras al chico que tienes frente a ti y te pasas el rato comparando y recordando mientras los minutos se eternizan y te preguntas qué haces ahí. No repites y, justo es decirlo, el otro tampoco insiste, desalentado ante tu falta de interés. Tras varias citas desastrosas decides tirar la toalla y se abre paso la idea que te está machacando desde el adiós: “¿Y si no vuelvo a enamorarme?”. Por un lado, piensas “más tranquila estoy”, pero por otro visualizas una vida solitaria y te invade una tristeza inmensa  que te rodea como un campo de fuerza oscuro y frío.

Lo peor es que no puedes evitar imaginar que ÉL posiblemente ha encontrado a alguien y vuelve a reír, a abrazar y a… todo.

Sueñas con él mientras anhelas pasar página, pero sientes que de hacerlo te envenenarías como los monjes del Nombre de la Rosa y morirías en el intento.

Luego llega esa mañana en la que despiertas un poco mejor, una tarde te diviertes como antes, una noche te dejas abrazar… Y te descubres pasando la página donde figuraba su nombre.


Eva R

martes, 29 de enero de 2013

La vida no lleva photshop

Las series mienten.
Las películas mienten.
La vida no se molesta en disimular.

Tengo 34 años, a mis espaldas una convivencia de más de 3 años, y dos años de soledad, primero ansiada y ahora pesada como una losa. Cierto que el innombrable apareció en estos dos años, cierto que viví mi propia película, cierto que enamorarse hasta las trancas duele,  y cierto que intento olvidar.

Las series mienten.
La soltera treintañera encuentra un grupo de amigos que la confortan y apoyan en sus ratos más oscuros. ¡¡¡ MENTIRA !!! , a los treinta y pico la mayoría de tus amigos tienen pareja, hijos, y unos planes de futuro en los que tú, la single, solo entras con calzador.

En las series la soltera treintañera  busca un apartamento coqueto y el primer día un desconocido se cruza con ella en el portal y saltan chispas, además una simpática vecina en su misma situación la pone al día sobre los vecinos y comienza una gran amistad. ¡¡¡ MENTIRA !!!  En la vida real te puedes dar con un canto en los dientes si tienes un apartamento que puedes pagar y, teniendo en cuenta que aspiras a vivir pasiones sin freno, lo mejor que te puede ocurrir es que tus vecinos sean sordos y mudos; vamos que pasen de ti.


Las películas mienten.
Los guionistas saben que las mujeres de treinta y tantos van al cine con amigas entre semana, alquilan películas los sábados, y vomitan soledad los domingos por la tarde. Por eso las películas cuentan una milonga en la que la treintañera ingeniosa atrae al chico 10 y después de unos 90 minutos los dos vivirán un happy end azucarado, falso, y suspirado ad eternum por el publico femenino.


La vida no se molesta en disimular.
Como ya has comprado tu entrada y formas parte del público seguidor, la vida no escribe guiones almibarados, no ofrece finales felices, y si no te gusta te jodes, sin poder rellenar la hoja de reclamaciones. No hay más.

Veo series. Voy al cine. Vivo. Y, aunque hoy me han regalado flores, muerdo. Será porque el ramo procede de una florista compasiva a la que confesé que la hermosa maceta de hierbabuena que acaba de comprar pensaba emplearla en prepararme solitarios mojitos.

viernes, 25 de enero de 2013

Fines de semana en los páramos de Cutreland

Estamos a viernes. Hace un tiempo era mi día favorito (por la tarde). Viernes en mi cabeza era sinónimo de  libertad para no madrugar  durante dos días y  posibilidades de hacer algo distinto. La verdad era que luego madrugaba poco menos y que mis fines de semana eran absolutamente predecibles, pero supongo que yo era más conformista y/o estaba más apegada a lo que todos consideraban una vida normal.

Ahora viernes significa madrugar menos, pero también más tiempo para pensar y repensar y, retorcida como es una, me dedico a navegar por los mares de loquenotengo y loqueespero en vez de disfrutar placidamente en la bahía de loquehay.

No es que los fines de semana me aburra especialmente, incluso podría etiquetar algunos como interesantes. Lo que sucede es que la ansiada tranquilidad del fin de semana me deja tiempo para pensar en el estado actual de mi vida que, lamentablemente, oscila entre caótica o patética.

Los fines de semana caóticos son aquellos en los que salgo. Programados o no, son días llenos de actividad. Lo malo es que suelen ser lo que yo llamo actividades de relleno. Salir, quedar y moverse, no por apetencia sino por pasar el tiempo. Estos fines de semana han sido el marco temporal de algunas de mis peores citas que, por supuesto, ya relataré prolijamente.

Patéticos son aquellos fines de semana en los que zapineo como loca, en busca y captura de algo que pueda ver. Y lo tengo difícil porque parece que las cadenas de televisión compiten a ver cuál pone la película peor y, en caso de encontrar algo mínimamente entretenido, evito las historias de amor lo cual reduce mis opciones a una película de acción o policíaca ya que las de ciencia ficción tampoco me gustan.

Me estáis imaginado ¿verdad? En pijama o chándal, sofá con mantita, chocolates a mano, y cara de mala leche frente a la pantalla. Bueno… puntualizaré que no llevo pijama nada más que para dormir y que el chándal no figura entre mi ropa de andar por casa. Si cambiamos el vestuario y escondemos los chocolates (solo me faltaría engordar y deprimirme también por un michelín impertinente) ahí me tenéis, en modo maja vestida siglo XXI.

Viernes…
Sábado…
Domingo…
¡Y por supuesto no me gustan los lunes!

Eva R.

jueves, 24 de enero de 2013

Vamos a sincerarnos Eva

Hoy estoy haciendo la prueba de enmudecer el teléfono móvil.

No deja de ser curioso como este aparato, que los italianos llaman telefonino, se haya incrustado de tal forma en nuestra vida diaria. Antes, como decía, un anuncio de televisión, llamábamos a una casa, pero ahora llamamos a una persona. Esto que parece un salto cualitativo en la comunicación se convierte muchas veces en un asalto a la privacidad. ¿Quién no se ha visto interrumpido en comidas, cenas, o simples sobremesas caseras por el zumbido del telefonino (qué queréis me hace gracia el nombre macarroni).

En otras épocas, en otra vida, yo vivía un idilio con mi teléfono. Llegaban llamadas, sms, whasapt… En aquel tiempo solo me faltó poner como tono una canción en plan love is in the air. Hoy pondría no sé… Por suerte no cambio el tono que viene con el móvil que utilizo para todas las llamadas,  sin discriminar amigos, familia o trabajo.

Hace poco leí en un blog como una chica contaba que había llegado a guardar en un cajón el teléfono para poder aferrarse a la esperanza de una llamada perdida cuando lo buscase. ¿Será cosa de mujeres o todos los humanos somos así de tontos cuando nos invaden las emociones? Yo no miro el móvil buscando llamadas, ni vigilo conexiones en whasapt, pero abro el correo con la absurda ilusión de encontrar palabras que no van a llegar y que, de hacerlo, no servirían para otra cosa que volver a hacerme daño.

Puestos a soltar intimidades diré que no era el hombre más atractivo que he conocido, ni el más inteligente, ni el más divertido… Podría augurar que dentro de un tiempo su nombre ya no significará para mí otra cosa que una vivencia del pasado. Pero hoy apago el móvil porque sé que no va a llamar y entro, una y otra vez, al correo aún sabiendo que allí no habrá nada de él.

Sí, este es otro blog abierto por una mujer con mal de amores. No pretendo ser distinta, solo salir de esta situación, y aprender a ser más realista, más sensata, más distante, aunque no sé cómo sin dejar de ser yo.

Eva R.

Presentación

¿Dónde estoy?
Sin honduras podría responder a eso con el nombre de una localidad, una calle, un número,  e incluso un código postal. Esos datos objetivos podrían servir a un burócrata cualquiera, pero no a mí que me pregunto dónde estoy tan a menudo como adónde voy.

¿Quién soy?
Un ejemplar de homo sapiens del sexo femenino que, sin perseguir una utopía llamada felicidad, quiere encontrar su lugar en el mundo.

¿Qué espero?
¡Ahhhh! esa es la pregunta que cada día me hago y con cuya respuesta quiero dar.


Y después de estás elucubraciones cuento que en mi vida hay algún villano, ningún héroe, y que las hadas se olvidaron de tocarme con su varita mágica, con lo cual mi érase una vez posiblemente se parece a muchos otros.

Esto de escribir un blog es divertido porque no tengo que seguir estructura alguna. Así que, sin olvidar sujetar bien los muelles a mis pies, salto y…

Estoy arriba y miro mi vida. La veo grisecilla, la verdad, con tintes parduscos (sospechosamente marrones), algún tono casi negro, y… ¡ohhhh! un rojo que parece salir directamente de un corazón isquémico. ¿Qué me ha pasado? La respuesta, sincera y poco elegante, nos lleva a admitir que,  en algún momento, la jodí y/o me jodieron. Pero el muro de los lamentos está en Jerusalém y yo estoy aquí, con una botella que no está medio llena sino rebosante de ganas de vivir.


Eva R.



Introducción

Leyendo blogs por la red he comprobado que muchos de ellos presentan un rasgo en común: sus autores explican el porqué se han decidido a llenar el espacio virtual con sus reflexiones.

Dicen que allí donde fueres haz lo que vieres… Ahí va mi enumeración de motivos para abrir Muelles en los Pies:

1.-Me gusta escribir.
2.-Quiero contar cosas desde un confortable anonimato (vamos que ni dios va a saber quién escribe aquí).
3.-Atravieso un mal momento y este será el rincón donde llorar a moco tendido, sin pudores, cuando el cuerpo y el alma me lo pidan.
4.-Pensé escribir una especie de dietario para ver qué hago y qué dejo de hacer, pero confío en que sea más divertido verter “mis hazañas” en un blog.
5.-¿Sirve como argumento el porque sí?


Eva R.